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martes, 28 de junio de 2011

The King's jester

Alas, poor Yorick! I knew him, Horatio, a fellow of infinite
jest, of most excellent fancy.
He hath bore me on his back a
thousand times, and now ho
w abhorr'd in my imagination it is!
My gorg
e rises at it.
(Hamlet, act 5, scene 1)


++++Somos el bufón del rey. Cuando perdemos nuestra capacidad de hacer reír acabamos como Yorick, en una fosa común, o al fondo de un río transparente como este caballo, que algún día fue majestuoso. Y sin embargo, ¿qué hay de humillante en dejar de existir? ¿No acaba con nuestra muerte el bostezo impaciente de una vida harta de repeticiones? Si el cielo cristiano existiera, seguro sería un lugar aburridísimo, repleto de dobles debatiéndose mezquinamente un poco de atención divina. La vida se extingue para dejar paso a lo nuevo, aunque eso nuevo sea una variación sutil de lo anterior. El resto, la preservación de las almas después de la muerte, es agua estancada, un pantano en el que nadie se bañaría. Ya estás a salvo Yorick, no tienes que hacer reír a nadie más, no tienes que soportar sobre tu espalda a ningún Hamlet regordete. Y tú Hamlet, ¿por qué te espantas? ¿Por qué compadeces a Yorick? ¿No ves que el mismo se ríe si dejas en paz su pobre mandíbula?

++++Durante el fin de semana subí con un amigo a la Cordillera de los Andes con el propósito de realizar la cumbre más alta visible desde mi ciudad; el cerro San Ramón (3253 msnm). Aunque parezca la más alta, en realidad es una cumbre modesta entre las muchas que posee el cordón montañoso. Durante la tarde del primer día de ascenso, descubrimos cinco caballos que pastaban tranquilamente en la cumbre del cerro la La Cruz (2552 msnm). Eran animales realmente hermosos, con un pelaje mucho más provisto que lo común para resistir las bajas temperaturas. Nos preguntamos qué hacían allí, tan lejos de los valles; tan lejos de la civilización. No pudimos responder a esa pregunta. Probablemente ellos se hacían la misma respecto a nosotros. De vuelta del San Ramón, bajando por la quebrada del Manzano, encontré el cráneo de caballo que he puesto al comienzo de este breve artículo. Me acordé de ellos y me sobrevino una emoción distinta a la de Hamlet. Ese cráneo era una celebración de la vida, un triunfo que adornaba entre las piedras el fondo de un río transparente; "en el que entramos y no entramos porque somos y no somos."

lunes, 30 de mayo de 2011

Orson Welles plagiando a André Gide?

"You know what the fellow said – in Italy, for thirty years under the borgias, they had warfare, terror, murder and bloodshed, but they produced Michelangelo, Leonardo da Vinci, and the Reanaissance. In Switzerland, they had brotherly love, they had five hundred years of democracy and peace, and what have they produce? The cuckoo clock." (Orson Welles, 1949)


Por algún motivo faltaba un trozo de diálogo para una escena en el guión de The Third Man, película dirigida por Carol Reed y escrita por Graham Greene. Según Orson Welles, quien interpreta en este filme un inmoral personaje con claras alusiones al superhombre nietzscheano, las palabras le vinieron a la mente de un viejo drama húngaro, cuya existencia hasta el día de hoy ha sido imposible rastrear. Greene concedió a Welles el debido reconocimiento en una nota al pie de su guión definitivo y en cambio Welles, fue sabio al atribuir la paráfrasis de un nobel reciente (1947) a un anónimo y muy probablemente inexistente dramaturgo húngaro.

"... Honrado pueblo suizo! Portarse bien no le vale para nada... sin crímenes, sin historia, sin literatura, sin artes... Un robusto rosal sin espinas ni flores." (André Gide, 1902. El Inmoralista.)








domingo, 15 de mayo de 2011

Víctimas en un gimnasio

"Only a few of us, amid the great fabrications of society, hang on to our really childish reactions, still wonder naively what we are doing on the earth and what sort of joke is being played upon us"

Georges Bataille (1949) The cruel practice of art

++++Para obrar como la Naturaleza hace falta una cuota importante de crueldad. Pero la crueldad que la Naturaleza nos dio no es más que un ensayo; un débil reflejo incapaz de igualar su maestría. Cada vez que ponemos en juego nuestra crueldad, parece que nos abalanzáramos sobre a un espejismo. Podemos destruir los objetos, pero nos quedamos sin atrapar esa fantasía que acecha tras las apariencias. ¿Qué hacemos entonces? Prolongamos el sufrimiento, le damos un carácter autónomo, independiente de toda función; hacemos de la destrucción un ritual, una invocación para que lo invisible se haga presente.


Michelangelo Carvaggio 1602 - El sacrificio de Isaac

++++No es desconocido el carácter sagrado que diversas culturas han atribuido al sacrificio de animales, aunque esta afirmación peque sin duda de un onanismo etimológico[1]. Sacrificio, se atribuye en el contexto religioso, a toda pérdida en que la comunidad incurre para rendir culto a Dios, aunque hoy haya adquirido un significado aparentemente autónomo del dominio religioso y hablemos de sacrificio como esfuerzo, desgaste, penuria. Sucede que el sacrificio, incluso en el culto religioso, no está libre de percibir un rédito. Igual que el cultivo de arroz, rendir culto a Dios con la carne de bueyes o vírgenes, tiene el claro propósito de predisponerlo a favor de las lluvias o el buen clima. Parece insólita esta concepción de Dios, tan pragmática, como si fuera una variable más que hubiese que predisponer, que hubiese que inclinar a los antojos humanos, como si fuese la tierra que hay que abonar antes de sembrar, o la bestia enjaulada cuya furia quiere apaciguarse antes de la función. Pero es que en el fondo, sólo en raras ocasiones se aleja el ser humano de una secuencia funcional. Dios, la meteorología, la tierra, la flora, la fauna; constituyen un mundo que hay que doblegar con distintas clases de trampas, anzuelos y golosinas. Esta es la disposición natural del hombre, sea o no científico su espíritu; es incapaz de resistir el impulso de influir en su entorno de manera favorable a su propia conservación. En esta concepción del sacrificio, lo sagrado es una moneda de cambio entre tantas otras, un desgaste productivo e incorporado dentro del esquema básico placer/displacer propuesto por el psicoanálisis freudiano.

Suerte en el juego

++++Concedido lo dicho hasta ahora, resta con todo un problema, porque aún aceptando el carácter pragmático de la práctica religiosa, se ha omitido por completo su carácter epifánico. ¿Cómo se origina éste? ¿Es la causa o el efecto de la representación sacrificial? Hay un experimento de Skinner muy bonito que nos puede ilustrar al respecto. En una situación de laboratorio, un grupo de palomas es sometida a una rutina de aprendizajes condicionados donde el refuerzo es grano, mijagas, o lo que sea que coman esas pobres brutas. El alimento es liberado de manera mecánica cada vez que la paloma produce la conducta que se quiere reforzar. Una vez que han sido condicionadas con éxito, Skinner -el Dios en este mundo reducido de las palomas de laboratorio- decide mediante una secuencia "aleatoria", la aparición o supresión del refuerzo, dejando éste de verse asociado a las conductas aprendidas. En vista que no se libera alimento, las palomas comienzan un comportamiento repetitivo o "baile" como Skinner lo denominó, refiriéndose a la potencial y demasiado obvia analogía con la especie humana. El estudio aparece el año 1948 en el Journal of experimental psychology , bajo el título de "Superstition in the pigeon"

++++El comportamiento de la paloma, es a todas luces un comportamiento sui generis; la paloma no sabe lo que es un baile, de hecho no sabe lo que está haciendo, pero está convencida que alguna de sus muchas gesticulaciones va a producir la aparición del refuerzo. Las palomas son pragmáticas; "un grano no es igual a dos", nada se les escapa, pero son malas calculando probabilidades. Muy posiblemente, los sacrificios humanos, los exhaustivos rituales, todo ese desgaste inmenso de energía y vida, estuvo asociado en sus comienzos a una conducta supersticiosa. Desesperado debió haber sido el primer sacrificio humano; un último recurso. Pero claramente ese último recurso implicaba un aumento probabilístico de la consecuencia perseguida –por ejemplo las lluvias– de otro modo no sería un último recurso. De modo que, una vez asociado el sacrificio a la aparición de un resultado cada vez más probable, se constituyó como el recurso más potente; la prueba innegable que Dios se alimentaba de hombres.

Representación sacrificial

++++Éste pudo muy bien haber sido el derrotero evolutivo de la superstición, pero no explica el carácter profundamente disruptivo que tiene en la vida del hombre lo sagrado. Y es que en lo sagrado encontramos, además de un rédito palpable, que puede expresarse como "la buena fortuna" o "la buena salud", una experiencia epifánica, una visión de lo que está vedado al hombre cotidiano. En el sacrificio vemos por decirlo así, el cuerpo por dentro, la existencia hecha jirones. No sin motivo estuvo prohibida durante tantos siglos la exhumación en el mundo cristiano, probablemente porque ésta arreciaría el impulso de ver y luego desarmar sistemáticamente toda la creación de Dios. Una representación es siempre en nuestro esquema, el deseo sublimado de destruir la existencia. Contar una historia es destruir la existencia. Crear un personaje inexistente, o una multitud de estos, hacerlos vivir, sufrir, elevarse; es destruir la existencia. Así el sacrificio produce, al menos en su carácter externo, una necesidad del instante, una necesidad del medio a costa del fin[4]. Este medio es el que llamamos representación sacrificial. No es la causa, sino el efecto imprevisto de una práctica sagrada destinada a producir, mediante el culto, la salud o la fortuna. Diremos incluso que este efecto no existía por derecho propio hasta que el espanto o el arrebato resultante de la representación sacrificial, hizo posible un estado espiritual de otro orden, donde las disposiciones del esquema placer/displacer quedaban por decirlo así suspendidas.

Sade sacerdote

++++Sacerdote tiene una etimología discutida, pero comúnmente se acepta las raíces latinas de sacer (sagrado) y dotis (dote, talento); es decir, "el que tiene el don de lo sagrado". Dentro de este esquema, podemos pensar en la aparición del Marques de Sade en la literatura de fines del siglo XVIII, con su inusitada capacidad para desplegar el horror, la fascinación que se sigue de la representación sacrificial. En sus escenarios, verdaderas cámaras de tortura y éxtasis religioso, los sacrificantes son en estricto rigor filósofos. Filósofos que a través del ejercicio de la crueldad develan los derroteros de la Naturaleza, expresada como aquella que está por sobre la virtud, la moral, o cualquier invento que pretenda enclaustrar los apetitos que ella misma ha puesto en el hombre. En este sentido, Sade cumple el rol de lo que nosotros entendemos por el verdadero sacerdote, ofreciendo a la vista o a la imaginación la representación sacrificial, donde la materia humana –el cuerpo físico o el cuerpo social– es sistemáticamente aniquilado, para revelar el verdadero mecanismo que sostiene lo viviente. De ahí quizá, la importancia capital que tiene para la representación del sacrificio, el que éste tenga lugar como "ofrenda", es decir, que la materia del sacrificante y el sacrificado sea la misma. El sacrificante en Sade; usualmente un hombre con poder irrestricto sobre otro, puede, aunque sólo sea momentáneamente, invertir los papeles con su víctima. Lo que demuestra que él mismo es sujeto de la crueldad, a la que es incapaz de usar como mero instrumento. Interesa en Sade el carácter ritual de sus puestas en escena. Después de un tiempo leyéndolo, el lector entra en un estado de conciencia en que se revela probablemente el absurdo más grande de la vida en ausencia de Dios, expresado magistralmente en la frase de Dostoievsky, "Si Dios no existe, todo está permitido." La representación sacrificial entra en juego como verdadera invocación de ley, de los límites del poder y el deseo humano; lo que se fuerza en la literatura del Marques de Sade, es un estado de conciencia donde la ley humana queda en entredicho para que se revele la ley divina.

Articulando Epifanías

++++¿Y qué se persigue con ese estado de conciencia? "La cosa en sí" dirá Kant, aunque poco tuviera de místico. "La realidad antes de que la veamos" dirá Van Gogh en una carta a su hermano Theo, poco antes de automutilarse. Y es que conocemos al hombre por sus frutos, los unos buscan la epifanía fustigando la razón pura y los otros ejercitando su crueldad en el cuerpo. En todos los casos, el aniquilamiento, la crisis de una materia revela lo imposible de ver. Aunque la modernidad, que es la época crítica por excelencia, supuso una desacralización del mundo occidental, no pudo exiliar del todo la representación sacrificial; más bien la desplazó al ámbito del arte, curiosamente de la mano del "primitivismo" que figura a comienzos de siglo XX en la pintura, en oposición al arte academicista. Lo primitivo se refería a un anhelo del sacrificio. Como el arte abstracto que se ve emparentado con él, el primitivismo persiguía la autonomía de los medios frente una técnica fría, cuya fidelidad a la realidad objetiva había perdido sentido desde la aparición de la fotografía. Pero el anhelo del primitivismo, del surrealismo, del dadaísmo, de los poetas simbolistas y en general, de todas las corrientes originalmente modernas; era reclamar esa porción de lo sagrado que tuvo que abandonar forzosamente el ámbito de la religión. Lo sagrado reclamado por el arte moderno, no es el culto, las escrituras o la práctica religiosa; es el plato de fondo, el hueso sacro, lo que ha sido tachado de indigno de presentarse en la mesa. El Dios católico tal vez sea el más famélico de los dioses que existen. Sus cultores aprendieron la avaricia de Lutero.

Víctimas en un gimnasio

Spencer Tunick - Museum

++++Exiliadas de la mesa del señor, muy pronto las heterogéneas figuras de la representación sacrificial se instalaron en los museos. Como los cuadros no se quejaban, la academia pudo travestirse rápidamente hacia un barbarismo sistemático y a la vez profiláctico. Las obras de Picasso, Van Gogh, Gaugin, Malevich o Manet fueron admitidas entre los clásicos. De ahí, su paso a la mesa de los burgueses no tardó más que el gallo en cantar. Curioso devenir del arte primitivista. Casi tan curioso como el devenir del cristianismo originario en el actual catolicismo. Constantemente la representación sacrificial está siendo elevada por la academia, buscando una forma de neutralizarla, de convertirla en pura superficie, rechazando su tendencia hacia la interioridad de las cosas. Este fenómeno se ve asociado a lo que tuvo lugar en el mundo griego, en los grandes gimnasios[5] donde se cultivaba el físico masculino, siendo éstos en realidad lugares de reunión para pederastas y sus víctimas. Hasta el día de hoy la gimnopedia[6] en el arte y en todos los dominios derivados de lo sagrado, dirige su objeto a la contemplación del cuerpo académico. Reemplaza la representación sacrificial por un puro despliegue de movimientos gimnásticos, perfectamente ordenados y normados. El arte como técnica, puede representar a Picasso, Malevich o a tantos otros modernistas, pero está condenado a ser una representación subsidiaria en la medida que Picasso y Malevich han perdido su valor sacrificial al entrar al museo. Así quizá pueda resumirse la posmodernidad, un gran gimnasio o un museo repleto de superficies donde lo sagrado parece ya, algo imposible.


[1] Según el filólogo español Joan Corominas, autoridad indiscutible en la materia, sagrado, sacerdote y sacrificio, todas provienen de la raíz sacro. El hueso sacro por su parte, habría obtenido su apellido por metonimia, pues era la parte ósea de las víctimas que se ofrendaba en sacrificio a los dioses, es decir, la presa más apetecible a la voracidad divina.

[4] Considérense a los santos anacoretas, a los ascetas escolásticos y toda la estirpe de hombres que fustigan, someten al hambre y las peores vejaciones su cuerpo. De esta práctica se desprende un estado de conciencia o visión capaz de revelar la verdadera substancia de las cosas.

[5] Gimnasio proviene del griego gymnos, desnudo.

[6] Gimnopedia, es la formación de gymnos y pedia (niño). Gimnopedia se conoce como el baile de los niños desnudos que se practicaba en Esparta.

martes, 19 de abril de 2011

El deseo del Otro


Un buen amigo me comentó, que su futuro socio, en una empresa cuyo rubro me reservo, lo espiaba a través de su computador personal.
Todo se destapó de la siguiente manera: El socio le preguntó durante una conversación telefónica, qué hacía con esos archivos abiertos en su pantalla.

- Nada...- empezó él, como si no se enterara. Y luego, repentinamente inquieto:

- Espera, ¿pero tú cómo sabes qué es lo que tengo abierto en mi computador?

Se levantó y estudió todos los rincones de su cuarto para ver si acaso el socio le estaba jugando una mala pasada.

- Es una pequeña aplicación que me permite ver tu desktop -respondió por fin el socio con una risita siniestra- me interesa saber con quién estoy tratando.

Mi amigo, indignado, le respondió que no tenía derecho, que era una violación de su privacidad. "¿Qué es lo que pretendía? ¿Saber en qué perdía el tiempo, cuántas veces al día abría su correo? O tal vez, qué proyectos había dejado inconclusos, a quién plagiaba, o a quien intentaba parecerse. Quizá fuese todavía más indiscreto y quisiera saber qué tipo de pornografía le gustaba. ¿Por qué lo hacía?"

- Quería saber- respondió el socio, luego de una pausa en que la diatriba del otro se perdía en la distancia.- ¿Por qué te preocupas, si no tienes nada que esconder?-


++++Mi amigo colgó el teléfono y desconectó el computador. El descaro había sido lo peor. La manera en que el socio había confesado su crimen le parecía sencillamente impúdica. Más tarde aprendió que estas aplicaciones llamadas "espías", están disponibles en Internet hace varios años y son relativamente sencillas de utilizar. El espionaje ya no era cosa de hackers o informáticos, estaba al alcance de cualquiera; había sido democratizado por expresarlo de algún modo. ¿Hacía esto más perdonable la indiscreción de su supuesto hombre de confianza? La pregunta resultaba difícil de contestar. Había que estudiar la intención subyacente. Saber, Saber, Saber. ¿Pero saber exactamente qué? No se trataba por supuesto de corroborar una hipótesis, ni de un escrúpulo desproporcionado. Ambos propósitos son ilegítimos en los medios, pero despiertan de un afán de claridad que no es exactamente doloso.


++++Había algo distinto en este deseo de mirar en la vida de otro, de conocer detalles ridículos y toda clase de información irrelevante; una pérdida de tiempo por donde se la mirara. Sin embargo, debía existir una ganancia, un rédito palpable para este espionaje aparentemente inútil.

++++Y afirmaremos que lo hay. Toda actividad humana se orienta a un resultado, lo que equivale a decir que lo representa; que incluso sin plena conciencia de los medios utilizados, dicha actividad obedece a una voluntad que conoce muy bien su objeto. Nihil volitum quin precognitum, dice el adagio escolástico: «No se puede querer lo que no se conoce previamente» El objeto del espía es perderse en la vida del Otro, anular o reducir a un par de acciones automáticas su propia vida e intereses. Ese es su rédito; postergar su elección, poniendo en su lugar el deseo del Otro. Es sin lugar a dudas una pequeña muerte, ¿pero no buscan eso los morfinómanos y los adaptados usuarios de antidepresivos?



++++El espía virtual lo ha producido en primer lugar la diversificación de los medios de espionaje, o mejor aún, su práctica normativa travestida de liberalización. No es casualidad que hoy, estas pequeñas cerraduras[1] hacia la vida de los otros, estén al alcance de todos. Facebook sin ir más lejos, fue un mal que aconteció como verdadera necesidad histórica. Ese rédito de la desaparición, que busca en el fondo todo curioso y aburrido usuario de la red social, fue sabiamente democratizado porque era la forma económica por antonomasia. Era económica digo, como es económico el instinto gregario, que reduce la complejidad de la conducta en una pura imitación, en una pura usurpación del individuo por el grupo, absorto en la contemplación y en el reflejo "Me gusta".


++++Facebook no fue la ocurrencia de uno, sino el resultado previsto por el desarrollo de una generación sin deseo. De cierta manera, cada vida expuesta, cada concesión que hace el individuo neurótico al ingresar a un libro de rostros, cada seducción o puesta en escena no es más que una patente de corso que legitima su propia pulsión de ver. ¿Y que miramos en la vida del resto? A nosotros mismos probablemente, como si fuéramos Otro, pero sin dolor, sin angustia, como ocupados en cualquier cosa menos la existencia.


++++Hugo Correa, escritor chileno traducido por Ray Bradbury (aunque peco de provincianismo al señalar tan ufanamente la circunstancia) ya en 1973 cuando escribe Los Altísimos, denuncia una ciudad futurista donde se ha perdido verdaderamente todo el pudor. En esta ciudad, que es un verdadero computador pensante, los edificios ofrecen a la vista de sus invitados la visión de otros huéspedes, que casualmente también están solos y necesitan compañía. Lo que sorprende más a nuestro héroe, abducido de un Chile pre-dictatorial, es que las impacientes señoritas no tardan en aparecer ante su puerta exigiendo lo que él no atinó a darles, por tartamudeos de un mundo ya extinto.

++++Guarda correspondencia la predicción de Correa con la de un Huxley, especialmente en la disipación de las costumbres sexuales, condición al parecer necesaria para una sociedad eficiente. Se da rienda suelta al instinto, porque el calculo eficiente no duda ya en imitar las estrategias de la propia Naturaleza. ¿Estaremos ante una versión sutil, pero exacta de Los Altísimos? ¿Quién nos ve desde arriba con tanta paciencia, absorto en la contemplación de una película sin cortes, en un espionaje que es puro goce, pura desaparición? "Debe ser el más solitario de entre los monstruos" dirá Ciorán, el poeta de la desesperación.


[1] Cerraduras, para usar la metáfora de Jean Cocteau y hacerle de paso un guiño a la historia del cine, que es en realidad una historia del espionaje. Espionaje se entiende, en un sentido tal vez más legítimo, desde el momento en que a la vista del espectador hay una realidad transfigurada, un recorte que deja fuera todo lo irrelevante.

viernes, 15 de abril de 2011

Un Ruido Ensordecedor (2010) - Cortometraje en 16mm

Foto del Rodaje Un Ruido Ensordecedor

jueves, 7 de abril de 2011

El mal moderno


Sólo cuando los libros sean tan escasos como en la época de Milton podrá el hombre recobrar esa pasión por la literatura, ese respeto religioso por la cultura que distinguía a los hombres de otro tiempo"


A. Huxley - La lectura, el nuevo vicio


The Tower of Babel - Erik Desmazieres


Y sin embargo, ¿qué hay de malo en tener tantos ídolos? ¿Acaso es culpable de un crimen quien obedece a sus inclinaciones intelectuales? Sabiendo que éstas no se agotan y que le será imposible acabar cualquiera. Sabiendo que el fracaso en una nos llevará a la otra y la imperfección del conjunto sólo producirá un escozor más frenético. Esta clase de hombres ha estado siempre entre nosotros. Así como han existido fumadores de opio y onanistas compulsivos. Todos ellos saben que hay algo destructivo en su conducta, algo que los predispone contra la vida. Una iteración, una acumulación de aire, un arrumbamiento sin sustancia. Y es que como dice Huxley, ya a mediados del siglo XX, hay muchos libros. Hay demasiado que leer y poco tiempo para pensar, para elaborar a partir de la falta, de la escasez. Los lectores más graves, es decir los que sufren de espasmos si se les prohíbe leer, son aquellos que encuentran en la lectura una manera de ser pensados; una manera de existir a la que se afirman aunque sea totalmente aleatoria. Entre ellos se cuentan por supuesto los enciclopedistas, los lectores de opinión, los lectores de citas y toda esa estirpe de lectores de marginalia, que devoran hasta la sandez más conspicua de su autor preferido.


La lectura del hombre moderno es una enfermedad que se propaga por el cuerpo, induciendo en él una condición de debilidad, de perpetuo abandono. Las ciencias, las artes, la estética, la frenología, la historia natural o el estudio de los suelos, cualquier cosa cabe dentro de un libro y cualquier libro puede figurar en una serie como ésta. El saber moderno o mejor, el arrumbamiento de saberes, responde a una lógica esquizofrénica. Todo debe estar allí y cualquier protesta reconvenida con el "¿y por qué no?" que tan bien ha tematizado Calligaris en su tratado sobre la psicosis (1). Hay mucho en la Biblioteca de Babel que nadie leerá, porque simplemente carece de sentido, porque su lectura es impracticable o no refiere al mundo que habitamos, pero lo importante es que figure en el catálogo, que exista aunque sea como la unidad insignificante de un orden alfabético, que sature un espacio previamente definido, una res-extensa. El Autodidacta del que se ríe Antoine Roquentin en La Náusea, los estudiaba de este modo. Primero la A, luego la B., .... hasta la Z., a sabiendas que con mucho esfuerzo sólo acabaría en vida un par de letras de la biblioteca municipal de Bouville. Pero su afán de perfeccionamiento era superior a cualquier razonamiento. No sé a quién cito cuando afirmo que la compulsión es el resultado de una falta en un ámbito complementario de la vida. El pobre autodidacta de Sartre no pudo continuar con su proyecto, no por falta de convicción, ni por tedio, que sería lo más razonable. Fue expulsado de la biblioteca por pederasta, por acosar a un muchachito que lo distraía de sus lecturas. Pero quizá hayan sido los clásicos griegos quienes lo predispusieron desde un principio hacia los inocentes mancebos. Quién sabe, pues no hay oprobio del que estén libres los lectores sistemáticos(2).


Bouvard y Pécuchet, los personajes de la novela homónima de Flaubert, son por antonomasia, la articulación más lograda que ha producido la literatura de estos lectores modernos. Burgueses inútiles, enciclopedistas versátiles, farsantes grandiosos, fáciles de amar por su ingenuidad, por su devoción absoluta a lo escrito. Luego de recibir una gran herencia (3), Bouvard invita a Pécuchet a moverse al campo. Allí inician un desplante cada vez más absurdo de oficios y pasatiempos, cada uno más fracasado que el anterior. Agricultores, paisajistas experimentales, geólogos, fisiólogos, químicos, frenólogos, coleccionistas de antigüedades. Una broma que se repite, es cierto, una sátira que conserva la estructura y altera el contenido. Para algunos una sátira menor del maestro, para otros su verdadero tour de force. Y es que se trata de una novela incompleta, como han de serlo todos los intentos por describir tan parsimoniosamente la modernidad. Lo arriesgado, lo novedoso de la apuesta de Flaubert, es que nos confronta con una ética totalmente opuesta a la construcción trágica del personaje, donde entorno, atributos físicos o intelectuales, rango social, están íntimimamente relacionados con las posibilidades heróicas del protagonista, es decir con su función en el social. Bouvard y Pécuchet son personajes literalmente sin vocación, hechos a la medida de sus inclinaciones, de sus incansables lecturas que no se sabe si llevan a un perfeccionamiento o a una forma de disipación espiritual. Lo interesante es que su sensibilidad nos enfrenta al carácter profundamente moderno de la elección, de tener por delante una deriva de conocimientos y pasiones, un espacio imposible de saturar, como debería serlo una biblioteca. ¿Y no es esa la sensibilidad de algunos hasta el día de hoy? Los eternos estudiantes, los aficionados a instrumentos, a pasatiempos sensuales o intelectuales, todos los que disponen de tiempo para jugar con sus facultades en una licencia extendida de su juventud. Tal es curiosamente, el diletantismo que promueve la modernidad y que hoy, con las lunáticas proporciones de información disponible, se ha vuelto contra los mismos lectores.


Antes que un d'Alembert, es más probable en nuestra época, toparse con al autodidacta enfermo, enfermo de citas contradictorias, de opiniones disfrazadas de evidencia, de un estilo ilegítimo y nula prolijidad gramatical. Y es que este autodidacta ha perdido frente al viejo enciclopedista la autoridad del saber escaso, del saber rescatado por generaciones, ese que se ha desprendido en su paso de todos los resabios de charlatanería, como el agua pura de un río que atraviesa su lecho. Las fuentes del autodidacta son un verdadero pantano, donde las pepitas de oro ya apenas se distinguen. Hoy existe un peligro mayor referente al criterio de los lectores que a comienzos de la imprenta. Cualquiera puede publicar, sólo los lectores más celosos y autónomos están a salvo de la tontería que padece la mayoría. Pero la pregunta es, ¿de dónde viene ese criterio? De dónde surge el dictamen que nos hace aspirar a una mínima porción de la cultura que poseían los antiguos hombres de mérito. La respuesta no es sencilla, somos deudores de nuestras lecturas, como los trajes del sastre de la tijera que los ha cortado. No podemos ver el resto de la tela, ni podemos condenarnos a la especialidad, ese vicio que abunda en la mente de los poco ingeniosos académicos. Sólo leer y procurar las lecturas que inspiraron los pensamientos que hoy nos seducen, con la libertad del ensayista y la sagacidad del científico. Siempre se encuentran nuevas tesoros si se persigue el linaje de ciertas ideas y es tarea del buen lector descubrir esa pequeña cofradía a la que pertenece, aunque ésta poco o nada tenga que ver con su función en el cuerpo social. Al menos será algo... y no todas las cosas y ninguna a la vez.



(1) La pregunta formulada por el psicótico ¿y por qué no?, no busca el debate ni está dirigida un interlocutor real. Sirve en cambio, como elemento estructurante de la iteración. Cualquier actividad está justificada desde el momento en que la historia ha sido borrada y no hay contradicción ni antítesis posible.


(2) "(...) Y al igual que los hombres que han leído muchos libros, acaban por querer libros nuevos, aunque sean malos, un hombre que ha conocido muchas mujeres, todas bellas, acaba por sentir curiosidad por las feas, cuando ve que son nuevas." (G. Casanova, Histoire de ma vie)


(3) Elemento común a La educación Sentimental, donde el protagonista recibe en herencia las tierras de un tío, sólo para dedicarse mejor a ser un burgués ocioso y amante ocasional de casas ricas y buhardillas de cortesana en París. Interesa aquí el uso que da Flaubert a la herencia como detonante de la peripecia moderna.

lunes, 28 de marzo de 2011

Muamar el Gadafi camino al All Inclusive, o una teoría alternativa de la conspiración

Imaginemos por un momento un parque recreativo en alguna coordenada escurridiza aledaña al triángulo de las Bermudas. Difícilmente será la clase de lugar que podamos mirar desde el aire, con esa democratización de la paranoia que han instalado en nuestras crédulas mentes herramientas como google earth, con imágenes tan informativas sobre el mundo objetivo como lo eran las escenografías de The Truman Show. Hagamos un esfuerzo, llevemos nuestra imaginación donde nuestros ojos no pueden y veamos qué maravillas oculta esa tierra prometida a los tiranos del medio oriente. Seguro habrá mujeres cuidadosamente seleccionadas, cisnes asados, armas de última generación para hacer tiro al blanco, exquisiteces ha tiempo extintas de nuestro mundo informe y homogéneo; en suma, chacota para rato. La pregunta es, ¿a cambio de qué? ¿Qué deben hacer los tiranos como Sadam Hussein, o ahora Muamar Gadafi para alcanzar ese edén particular sin el obstáculo odioso de suprimir las libertades individuales, enfrentarse a la censura de los organismos internacionales y al hábil tartufismo de los Estados Unidos? Nada hay más sencillo, deben perseverar en su papel, ejecutarlo incluso, con una rigurosidad stanislavskiana.

La guerra representa siempre un gasto, una apuesta. Nadie hace la guerra no esperando conseguir alguna retribución. Incluso las instituciones más nobles y humanitarias no están libres de preocupaciones pecuniarias, ¿cómo habrían de estarlo petroleros y bursátiles? De ahí que la guerra, sea siempre para sus promotores una oportunidad para hacer negocios. Claro que esos negocios deben dejar el protagonismo a luchas de otro tipo, léase, ideológicas, humanitarias o antiterroristas, para crear en la mente de los espectadores una versión aceptable, edulcorada de los resabios acres de la moneda. Por eso las tropas estadounidenses siguen en Irak, desde el 2003 por injustificable que parezca. Es que la tierra sigue escupiendo petróleo, el mismo con el que los ciudadanos iraquíes pagan la reconstrucción de su país. Son estas luchas el principio manifiesto, sin el cual no podrían operar los intereses de los más inescrupulosos a resguardo del juicio público. Una vez enfriado el conflicto, que se filtre alguna información, que se generen dudas de proporciones cartesianas por los teóricos de la conspiración, que se escriban best sellers que tal vez diviertan a más de algún funcionario de la Casa Blanca. Qué importa, todo es inútil, esas fantasías no pasarán de escandalizar a algunos y enloquecer a los más pueriles. Si Muamar Gadafi está sentado sobre la reserva de petróleo más grande del mundo, más vale que le enseñemos a ser malo. Patrocinemos sus excesos, vistámoslo a la moda, que sea un Calígula temible e inexcusable. Así el mundo civilizado encontrará como desenlace perfectamente verosímil, la venganza a los ultrajes del vicio.

La historia reclama la muerte de Gadafi, de aquí a dos años, después de haber volado un aeropuerto atestado de gente decente que paga sus impuestos. A sus familias démosle un ahorcamiento tan creíble como el de Sadam Hussein, la guillotina para calmar a los franceses, o la silla eléctrica a la usanza tejana. Es igual, se pueden ensayar todas disponiendo de dobles tan fácilmente secuestrables como el actor chileno Alejandro Trejo, que sólo nosotros echaríamos de menos. El reino de las evidencias está repleto de falsedades orquestadas.

Desde la cabina de un jet invisible a los radares portorriqueños[1], Muamar verá la escenificación de su propia muerte. Contemplará sin poder creerlo a su doble y aliviará el nudo en su garganta con un trago de Jack Daniels mientras el piloto anuncia que están próximos a aterrizar. Un pensamiento oscurece fugazmente su alegría, ha olvidado el cepillo de dientes.



[1] El autor de este artículo no se documentó sobre la procedencia de los radares portorriqueños, pero sospecha que fueron adquiridos luego de prolongadas colaboraciones con el gobierno de los Estados Unidos, por lo tanto, queda al lector dirimir si sus capacidades venían o no limitadas desde su fabricación.

jueves, 17 de marzo de 2011

De la serie: "Monadología de la ficción"

Diégesis y Mundo



"Caminó contra los jirones de fuego. Éstos no mordieron su carne, éstos lo acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que el también era una apariencia, que otro estaba soñándolo".
Las Ruinas Circulares,
Jorge Luis Borges



En Las Ruinas Circulares, relato de carácter alegórico, Borges intenta condensar una pregunta, un problema que atraviesa toda actividad narrativa, no en sus pormenores, en su técnica o efecto, sino en sus fines, en su condición trascendental. Y es que, Borges, asiduo lector de Schopenhauer, compartía con éste los enunciados que se desprenden de su metafísica de la voluntad, y las traslada de algún modo a su propia escritura, donde la creación obra el milagro de contener, de dar unidad, a lo que de otro modo resultaría diverso, caótico. Su escritura entonces, es un reflejo del mundo, pero ya no una visión parcial y puramente mimética, sino tendiente a la anulación de su propia singularidad, del tiempo o las circunstancias que lo rodean. Entonces entendemos porqué es la alegoría el género que más le conviene para lograr su cometido.

Al comienzo de Las Ruinas Circulares, el narrador nos dice: “Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad”. Es decir, es la voluntad de este hombre que su sueño se cumpla, que la pura apariencia se haga real. Pero para que esta voluntad se realice, el sueño del hombre debe ser lúcido y debe ocupar, de un modo u otro, la totalidad de su propia existencia, al punto que, “si alguien le hubiera preguntado su propio nombre o cualquier rasgo de su vida anterior, no habría acertado a responder.” Este desconocimiento de la vida anterior, no es amnesia exclusiva de los personajes que pueblan una ficción. Pues, ¿qué sabemos de la infancia de Raskolnikov, si Dostoievsky no nos informa propiamente de ella? Sólo nos cabe inferirla, no existe sino en derecho. De igual modo, la persona del autor posee un recuento de su historia personal, pero hay un momento que su memoria no cubre, que existe fuera de su biografía, y que referirá probablemente, sólo por medio de datos o testimonios históricos. Y es que este momento está fuera del alcance de su subjetividad, la rebasa en cierta forma, pertenece a un mundo todavía informe y prematuro.

La diégesis, que no es otra cosa que el lugar mental donde ocurre la narración, define un límite, si bien difuso, lo bastante certero para distinguir los hechos que suceden al interior de la fábula, de los otros, provenientes del mundo del autor. Sin embargo, autor y personajes que componen la diégesis, comparten un mismo olvido y un mismo destino. A pesar de tener una constitución íntegra (en las que existen, parafraseando a Borges, diversos grados de minuciosidad) son, llevados al borde del cuestionamiento, a saberse también soñados, imaginados por otro. La total oscuridad que tenemos sobre el pasado remoto y el futuro desencadenamiento de los hechos que nos afectan, es el mismo que sufren esos seres irreales, que hemos sin más lanzado sobre el escenario, como ordenándoles, ¡vive! Así también nosotros hemos de sentirnos a veces narrados, y esa íntima conciencia, tan pocas veces concedida a los personajes ficticios, es el motor que mueve a la creación de éstos a nuestra imagen y semejanza. El individuo, inseguro respecto a los dos grandes ámbitos de su temporalidad, los resuelve creando a su vez un mundo para su propio disfrute, un pequeño tiempo en que la fatalidad, ciega e insoportable, pueda transmutarse en destino[1].

Las Ruinas Circulares termina con la cita que tenemos por epígrafe de este capítulo, como diciéndonos, también éste, es un sueño dentro de otro sueño, “y es tan largo el trecho que tendrás que desandar que morirás antes de haber despertado completamente”, advertencia que ya leemos en La escritura de Dios, otro cuento de Borges, donde el Tzincán, ser singular y con nombre, debe anularse para poder conocer el sentido de esta escritura. “Quien ha entrevisto el universo (…) no puede pensar en un hombre, en sus triviales dichas o desventuras, aunque ese hombre sea él”

Hay en esta sentencia, una crítica a la usurpación de la palabra universo, por las voces humanas. Quién quiere hablar del universo, debe renunciar a lo singular, estar fuera de los hechos. Es decir, al mismo tiempo que Tzincán abandona todo antropomorfismo del concepto, su autor nos advierte, a través suyo, que es imposible abarcar el universo, sino de forma subsidiaria e incompleta. En esta paradoja, ambas voces se mezclan, y no sabemos a ciencia cierta si emanan de la diégesis, o se encuentran en un espacio intermedio. Lo que es cierto, es que la ambigüedad del lugar que ocupa esta voz, es el origen de su resonancia propiamente metafísica. Es precisamente lo imposible del discurso lo que en este caso lo emplaza en la esfera de lo místico, y en nuestra lectura, lo que permite la existencia de un puente entre ambos escenarios, del mundo humano y del mundo narrado.

El problema de Dios atraviesa sin más, cada aspecto, por parcializado que sea, de la literatura de Borges. Desde el momento en que renuncia al recuento de lo breve y se interesa por las grandes preguntas, debe destinar el esfuerzo creativo, usualmente abocado a la mímesis, a la conjuración de las sustancias. Pero las sustancias no están ya en la superficie, ni en las cualidades sensibles que el lenguaje se esfuerza en imitar. Pertenecen a un género de la indagación, que supone, teoriza, y cuyo objeto se convierte, a poco andar, en una suerte de arqueología, de construcción sobre el vacío. De ahí que la materia poética de Borges no sea, las desventuras o contingencias humanas, sino los milagros secretos que habitan la cabeza del bibliotecario, del hombre que ha encontrado en las palabras, en las invenciones y aporías mentales, un mundo contenido en sí mismo, que sin necesidad de puertas o ventanas, refleja el exterior hasta en sus últimos detalles[2].

El mismo Borges admite, que su temprana ceguera lo inclinó pronto hacia los recuerdos, la imaginación y los libros. Deudora o no de la ceguera, su literatura es escritura sobre la escritura, libros sobre los libros. ¡Y qué paradoja vislumbraríamos, si siguiendo a Platón, decimos que Borges se aleja en tres grados de la verdad, y alejándose como lo hace, se encuentra nuevamente con la idea![3] No podemos decir a ciencia cierta si este distanciamiento de su literatura es deliberado, o bien es una extensión del destino del autor. Pero esta pregunta nos lleva a un tema que desarrollaremos más a fondo en otro capítulo de este escrito, que consistirá en plantear o no la libertad del autor en su actividad creativa, y cómo el reconocerla o refutarla, conlleva una resolución de carácter ontológico más que una mera apreciación estética.

Haciendo una revisión sucinta de la literatura de Borges; quizá no de un modo bastante ortodoxo, porque se nos ocurre destacar y exagerar lo que conviene a la exposición de este ensayo, hemos llegado a plantear una correspondencia entre el mundo vivido y el mundo narrado. Pero además hemos dicho que tal correspondencia no se encuentra en su similitud externa; pues ello equivaldría a decir que tenemos enfrente ambos mundos y podemos compararlos, sino en lo que hay de interno en cada mundo, cuyo gran punto de referencia es para cada caso, la conciencia. Conciencia del mundo que es posible desde el momento en que los personajes de una ficción, no sólo reaccionan frente a los acontecimientos que les hemos puesto delante, sino que tienen además una apreciación personal de los mismos, suscitándose en ellos una reflexión, un modo de ser que sería imposible completar por otros medios. He aquí que el efecto traslaticio con nuestro mundo puede ser logrado a cabalidad, pues qué hay de humano en el personaje que como un títere se retuerce ante un dolor que le inflingimos, pero que por vía alguna nos confirma que ese dolor existe para él, del mismo modo en que puede existir para nosotros. Sin esa conciencia tan sutil, tan inmaterial, todo el artificio se vendrá abajo, como una bien lograda escenografía de cartón. Para que nuestro escepticismo se suspenda, debemos ser inducidos en ese mundo, no por el efecto de una magnífica imitación, sino por el pathos de los personajes que lo habitan. La escenografía poco importa en este caso, pues bien podría tratarse del cartón desnudo, o de unas pocas pinceladas de pintura que sugieran un paisaje, o una habitación. Lo que hace real el efecto de un drama es lo que podemos suponer, lo que no existe como objeto mecánico para la mirada o para el resto de los sentidos, sino lo que se revela a la conciencia y sólo en ella se realiza.


Hay con todo, una dificultad para darle continuidad a esta idea. Porque es indiscernible el momento en que el arte deja de inducir por sus propios méritos y empieza la credulidad del espectador a completarlo. Entonces no podemos diferenciar ya entre una buena o mala obra de teatro, entre una ejecución excelente o de calidad mediocre, al menos no con la objetividad que desearíamos. Porque puede que por consideraciones arbitrarias, totalmente ajenas a la intención del autor o a la meta de los intérpretes, el efecto total sea bien recibido por algunos. Así, el tipo que ha sufrido recientemente una decepción amorosa, tomará el drama superfluo y falto de gusto como una gran obra de arte, reveladora de lo más profundo de su condición. Las mismas lágrimas acudirán a su rostro, el mismo pathos. ¡Y por nada! diremos nosotros, que teniendo un conocimiento claro y distinto de la calidad de la representación, le atribuimos el estado de nuestro amigo a la sugestión o a otras causas menos nobles. ¿Pero estamos en lo cierto? ¿Quién está en lo cierto a este respecto? ¿Es acaso el crítico, que tan entrenado en encontrar las fallas, ha desterrado para siempre el placer originario de la mirada, y no contempla otra cosa que una construcción de su propio intelecto?

Es tal la primacía que entregamos al espectador, que incurrimos pronto en un subjetivismo dogmático del cual no tienen salida ninguna de nuestras afirmaciones. Es el problema con el que se ha encontrado toda estética, que reconociendo la sugestión como uno de los medios por excelencia del arte, ha debido tomar por objeto de estudio a una suerte de modelo, que sólo fuera de escena se asemeja al original.



[1] La distinción entre los dos conceptos de Destino y Fatalidad, responde aquí una necesidad argumental. La Fatalidad, ciego acaso que domina el devenir de la naturaleza, y de todas las fuerzas que rodean al hombre, actúa más allá de todo conocimiento posible, la voluntad humana no puede cambiarlo, ni evitarlo, ni apurarlo, los actos y sus consecuencias están escritos hace tiempo ya. El Destino en cambio, considera que la voluntad del hombre participa de algún modo en esta escritura previa, que la completa, o la actualiza a través de su propia voluntad de vivir.

[2] Más adelante veremos cómo hay en esta condición de clausura, una resonancia con la filosofía de Leibniz, para quién toda mónada refleja el universo siendo en ellas todo proceso interno.

[3] Platón considera también al arte como mímesis, pero en el sentido de que encarna en forma sensible ideas espirituales. Por eso lo desprecia en la República y en las Leyes; porque, imitando la realidad sensible, que es, a su vez imitación de la idea ejemplar, el pintor se aleja en tres grados de la verdad.

domingo, 8 de agosto de 2010

Los edificios son flora

"Building Botany Proyect" - Ludwig, Storz & Schwertfeger 2009


Por curiosa o arriesgada que parezca esta afirmación, no es más que el epítome de un conjunto de supuestos muy razonables acerca de la pretendida división entre el hombre y la naturaleza. Debemos reconocer sin embargo, que no se trata de una identidad en sentido estricto, lo que nos obligaría a contraer difíciles compromisos a nivel discursivo y al final del día ser puestos a disposición de un tribunal poco amistoso, por no decir francamente suspicaz. Tampoco pretendemos, al decir que los edificios son flora, de modo alguno una simple analogía; la que muy probablemente encontraríamos entre los pobres recursos de un urbanista con ínfulas de poeta. Baste por el momento, consignar esta difícil posición, revestida transitoriamente por el absurdo, como una identidad retórica más que lógica y confíese en la audacia del autor para defenderla hasta sus últimas consecuencias. No sin razón Pascal, recomendaba poner al principio lo que sólo después de grandes reflexiones y penosos experimentos se ha logrado como producto. Tal vez la rebeldía propia del lector, que naturalmente lo predispone contra cualquier juego que no haya sido inventado por él mismo, sirva aquí para imantarlo hasta el final de este escrito; aunque ello nos suponga entrar fraudulentamente en su conciencia, como objeto de su interés clínico.


Mucho se ha dicho acerca de la división entre el hombre y la naturaleza. A tal punto nuestras costumbres se distinguen del fondo, que las formas resultantes, las ciudades, los vestidos, los artefactos, parecieran ser de una materia distinta, inexorablemente ajena a la naturaleza indómita que la circunda. En cada una de estas producciones puede leerse una intencionalidad humana, ellas existen sólo en función de algo que está fuera de sí mismas. Sirvan estos medios a fines de supervivencia o deleite de la especie, no tienen otra potencia que aquella para cual fueron diseñados; son en su sustancia, teleológicos. Cada una de estas formas humanas, ha peregrinado por el mundo de las ideas y en dicha peregrinación ha tomado una sobria distancia de lo natural. La rueda ha hecho más regular la sección del tronco vegetal, el techo de una casa ha hecho más factible utilizar una pendiente como refugio de la lluvia. A su vez la formulación matemática de un triángulo, o una circunferencia, ha permitido modificar la materia natural al punto de optimizar los atributos que intuitivamente la subordinaban al uso humano. Los espíritus progresistas dirán que las formas humanas han perfeccionado la naturaleza, los vernáculos, que la han corrompido, pero ambos estarán de acuerdo en su modificación sistemática e intelectualmente dirigida de la materia natural.


La artificialidad de las producciones humanas es deudora de una interpretación teleológica de la naturaleza. Dicha interpretación parte del supuesto de que lo natural está compuesto de partes mecánicas, dejando en una relativa oscuridad la fuerza capaz de propulsarlas e incluso transformarlas. Pero falta en esta intuición, una comprensión adecuada del principio genético sobre el cual se constituye el mundo fenoménico, porque una vez desarmada, la vida no sería más que una serie finita de partes sin movimiento. Siendo el caso contrario, sólo nos cabe imaginar que en el universo, tal principio genético que actualiza incansablemente los posibles históricos, está a salvo de cualquier acción analítica.[1] Mientras que en los artefactos humanos, es precisamente el análisis el que revela la arquitectura y función del objeto y una vez concluido dicho análisis, las unidades mínimas han perdido para él toda capacidad de significación. El intelecto que diseña tales artefactos, subordina una materia capaz de expresar el mundo en su totalidad, para que exprese un mundo particular ajustado a las necesidades humanas y lo hace a través de causas eficientes, que se mueven por decirlo así, con independencia de las causas finales a las que se ordena la naturaleza.



El jardín de las delicias - El Bosco 1517


La expulsión del paraíso nos servirá de metáfora, para situar el origen de esta tan difundida convicción, de que hombre y naturaleza pertenecen a órdenes que es meritorio diferenciar. La tradición cristiana nos informa en el relato del génesis, que hubo un orden previo en que todo lo existente estaba al servicio de la vida humana, universalmente conocido como Jardín del Edén. Como no es propio de género bíblico aportar descripciones muy exactas, permitámonos cierta especulación razonable. El entorno natural sería totalmente inofensivo para Adán, Eva, o cualquiera que tuviera la suerte de caer en ese césped glorioso. Los animales más feroces entregarían sin mayor trámite su vida a ese mono desnudo coronado con la potestad divina; todo alimento sería abundante y no constituiría una preocupación, puesto que no cabría luchar para obtenerlo ni conservarlo ante la inclemencia del tiempo. Según esta imagen del paraíso, inevitablemente perdido para todos nosotros, sólo una grave desobediencia al Creador nos haría perder automáticamente el fuero en virtud del cual, los males de la naturaleza, estaban temporalmente suspendidos. Fue la curiosidad de Eva o la relativa indiferencia de su compañero ante una de la tantas frutas del huerto celestial, la que originó la ira de Dios y la consiguiente expulsión de lo que podría haber resultado una muy aburrida eternidad. Se libraron en ese momento, los muchos males del mundo, en forma de predadores, plantas venenosas, frías tormentas y todo lo que pudiera amenazar la débil corpulencia de esos habitantes acostumbrados a la vida fácil.


Claramente esta cosmogonía sufre de un carácter profundamente antropocéntrico. Los males hasta donde alcanzamos a ver, no existen por derecho propio, son relativos siempre a bienes que es mandatario proteger para una u otra especie de lo natural y es así que median todas las relaciones de poder entre los posibles en competencia. La naturaleza contiene en sí misma el germen de infinitos modos de ser que se actualizan en estos combates, en estos verdaderos campos de batalla librados por la existencia. La inteligencia humana, con todos sus atributos que nos apuramos a calificar de sui generis, es también uno de esos tantos modos de ser de la naturaleza que se actualiza en la vida histórica y que sin embargo, estará siempre truncado en lo que respecta a sus posibilidades no históricas. No hay en la inteligencia pues, la libertad para particularizarse del todo que llamamos natural, no existe en el lenguaje forma alguna que no se haya tomado de lo contingente, que es por definición, lo que pudo haber sido de otro modo. Así, puesto que la inteligencia humana es contingente, nos permite ubicarnos temporalmente por sobre ciertas circunstancias que de otro modo nos dominarían, pero es en esta subordinación que otras potencias intrínsecas le son suprimidas. Y si el lenguaje y las posibilidades lógicas de la mente humana, están subordinadas a una especie muy particular de lo natural, ello las inhabilita para pensar en los posibles incomposibles[2], es decir los que están lógicamente fuera de la naturaleza tal como la conocemos.


Invierno - Giuseppe Arcimboldo 1590


De ahí que la conclusión más evidente, sea que no se puede estar fuera de la naturaleza. Que aunque capaz de crear verdaderas máquinas de la fantasía, el intelecto humano no puede producir nada nuevo en estricto rigor, nada que suponga la destrucción del principio interno que gobierna lo existente. Podrá con seguridad destruir el mundo tal como lo conoce, pero sólo habrá sustituido un orden parcial por otro orden igualmente parcial. La materia natural de la que se componen las producciones humanas se mantendrá vigente, no habiendo en ella un quiebre real en la disposición que ha decidido el intelecto para ella, sino uno de sus muchos despliegues programados. Podría decirse que la voluntad humana sobre la naturaleza, es similar a la poda que hace un jardinero cuando trabaja sobre una escultura vegetal, luchando en cada repaso contra la pérdida de forma, que no es sino la expresión más originaria e irreductible del ser viviente que es su material de trabajo.


Resulta inútil negar que existe un desacomodo entre la inteligencia que descubre y ejercita principios en la naturaleza y la materia natural que responde a estos ejercicios, sin saber por ilustrarlo de tal modo, de intenciones ni efectos previstos. Es por ello que las consecuencias de las acciones humanas muchas veces exceden los resultados anticipados, poniendo en aprietos a una especie que calculó, pero no lo suficiente para que a la larga sus acciones no tuvieran un efecto adverso a sus intereses[3]. Las producciones humanas son siempre interpretaciones de lo natural, una fantasía intelectual de un universo diseñado, en el cual se puede intervenir para maximizar un beneficio. La mayoría de las veces el beneficio corrobora en lo inmediato una suerte de encaje entre el intelecto y la materia natural, pero es tan incalculable para este intelecto, la multiplicación de efectos que su acción produce, que nuevos males arreciarán y con mucha probabilidad menos tolerables que los primeros a los que estuvo expuesto. De modo que, mientras más dominio alcance la voluntad humana sobre lo natural, mayor será el esfuerzo que deba invertir en controlar un entorno capaz de sobrevivir a cualquier mal que haya producido él mismo.




Por todo lo anterior, declaraciones como “el hombre destruye la naturaleza” nos parecen inaceptables desde el punto de vista lógico. Como la flora, los edificios florecen y marchitan, sin destruir el principio interno que constituye con certeza, la única sustancia apelable en lo natural. Los edificios serán, para el espectador futuro, como fósiles de una flora que alguna vez habitó la tierra, apenas ya distinguible de las piedras que cuentan otras historias de mundos extintos, que nadie sabrá leer. El artefacto abandonado a la intemperie se vuelve anfitrión de los más raros organismos, de una vida que interactúa con él como materia sin categoría, sin la memoria de haber servido alguna vez a seres con inteligencia, quienes lo dispusieron en un orden que sólo ellos podían decodificar y que ahora no es más que otro accidente en la interminable multiplicidad del mundo.



[1] Si se corta un insecto en mil pedazos su alma seguirá estando en alguna parte todavía viviente, que será siempre tan pequeña como sea necesario para estar a salvo de la acción del que corta. Es así que el alma como sustancia, no es en la concepción leibniziana un mecanismo sino un principio interno que contiene dentro de sí la potencialidad del mundo entero.


[2] A propósito de la noción de composibilidad, léase el Teodicea, donde Leibniz intenta resolver los problemas acarreados por la noción de posibilidad lógica y el principio de no contradicción al ser aplicados al mundo contingente. Un mundo contingente sería para Leibniz un mundo donde todo lo existente es composible; es decir un mundo donde la existencia de algo se decide en su composibilidad con el resto y por lo tanto donde existe una íntima relación de las unidades con el todo. El mundo donde existen los centauros es un mundo posible, un mundo pensable, pero los centauros son incomposibles con los seres humanos, por lo tanto pertenecen al mundo de la fantasía. En cambio los imposibles lógicos ni siquiera caben en la fantasía, porque involucran en sí mismos contradicción; como el enunciado “un triángulo cuadrado”.


[3] Véase la disciplina emergente de los Servicios Ecosistémicos, que calculan el valor económico de los bienes y servicios naturales con el costo que implicaría no contar con ellos o tener que replicarlos artificialmente. http://en.wikipedia.org/wiki/Ecosystem_services